La extraña oración.

Una vez que hubieron cenado, la mujer del campesino limpió a conciencia la sala principal de la casa, adornaron el altar familiar y en presencia de toda la familia el monje comenzó la ceremonia.
Empezó el monje a recitar seguido por toda la familia. Se acercó al altar y formuló el primer voto:
— ¡Que primero se muera el abuelo!
La familia sobresaltada creyó haber oído mal.
El monje volvió al altar, ofreció incienso y rezó…
— ¡Que después se muera el padre!
La campesina miraba horrorizada a su marido. El monje continuó:
— ¡Que luego se muera el hijo!
Y a continuación, después de prosternarse tres veces, concluyó:
— ¡Que finalmente se muera el nieto!El campesino, aguantando a duras penas la indignación que sentía, increpó al monje con los ojos llenos de lágrimas:
— ¿Qué has hecho, mal hombre? ¿Así pagas mi hospitalidad? ¿Deseándome un cúmulo de desgracias? ¡No puedo comprenderlo!
Pero el monje, imperturbable, le respondió:
— Sólo he pedido para tu familia la paz y la felicidad: que la muerte se suceda según el orden natural de las cosas. ¿Es que prefieres que muera primero el nieto y el abuelo el último? ¿No sería esta la forma más segura de que tu familia se extinguiera? Seguir el orden de la naturaleza, el orden cósmico: primero el abuelo, luego el padre, a continuación el hijo y por último el nieto. ¿Es eso una desgracia para tu familia?
El campesino le dio al monje la mejor cama de la granja.
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