Diccionario del diablo (5) - Ambrose "Bitter" Bierce



Occidente:
Parte del mundo situada al oeste (o al este) de Oriente. Está habitada principalmente por cristianos, poderosa subtribu de los hipócritas, cuyas principales industrias son el asesinato y la estafa, que disfrazan con los nombres de «guerra» y «comercio». Esas son también las principales industrias de Oriente.

Predeterminación:
Esta palabra parece fácil de definir, pero cuando pienso que piadosos y eruditos teólogos se han pasado largas vidas explicándola, y han escrito bibliotecas enteras para aclarar sus acepciones; cuando recuerdo que la diferencia entre predeterminación y predestinación dividió a las naciones y originó sangrientas batallas; que se gastaron caudales millonarios para probar y refutar su compatibilidad con el libre albedrío y con la eficacia de la oración y de la vida religiosa; cuando contemplo esos hechos atroces de la historia del mundo, me quedo abrumado ante el formidable problema de esta definición; temiendo contemplar con los ojos del alma su portentosa magnitud, me descubro reverentemente y con toda humildad remito al lector a Su Eminencia el cardenal Gibbons y a su Ilustrísima el obispo Potter.

Prelado:
Dignatario eclesiástico dotado de un grado superior de santidad y de un gordo estipendio. Miembro de la aristocracia celestial. Caballero de Dios.

Procesión:
Desfile de idiotas confirmados, sin sentido del ridículo. 

Relicario:
Receptáculo destinado a guardar objetos sagrados, tales como fragmentos de la verdadera cruz, costillas de santos, las orejas de la burra de Balaam, los pulmones del gallo que incitó a Pedro al arrepentimiento, etcétera. Los relicarios son generalmente de metal y tienen una cerradura para impedir que el contenido se derrame y obre milagros en momentos inoportunos. Cierta vez, una pluma del Angel de la Anunciación escapó mientras se pronunciaba un sermón en la basílica de San Pedro y cosquilleó de tal modo en las narices de los congregados, que todos despertaron y estornudaron tres veces, con gran vehemencia. La Gesta Sanctorum refiere que un sacristán de la catedral de Canterbury sorprendió la cabeza de San Dionisio en la biblioteca. Reprendida por el severo custodio, respondió que estaba buscando un cuerpo de doctrina. Este chiste de mal gusto enfureció tanto al diocesano, que el ofensor fue públicamente anatematizado, arrojado a una fosa y reemplazado por otra cabeza de San Dionisio, traída de Roma.

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