Todo el poder.

El Emperador le dijo a Kyoyu:
Eres un gran hombre, así que te voy a legar mi imperio, supongo que lo aceptarás.

Pero Kyoyu en vez de alegrarse, se enfadó mucho y dijo:
— ¡Tus palabras han ensuciado mis oídos! –y se fue a un río cercano y se lavó las orejas a conciencia.

A esto, pasó un labriego amigo suyo que conducía unas vacas, y al verle le preguntó:
— ¿Qué es lo que estás haciendo, Kyoyu? ¿Por qué te lavas las orejas con tanto cuidado?

— ¡Calla, calla!, hoy no es mi día. El emperador quería hacerme su heredero. ¡Me quería dejar el Imperio! Mi oídos se han ensuciado con tales proposiciones, por eso me los estoy lavando.

— ¡Vaya! –dijo el labriego-. Y yo que había traído mis vacas al río para que bebieran, ¡ahora resulta que el agua está sucia!

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